INMIGRACIÓN Y COHESIÓN SOCIAL (Expansion 25/2/26)

El Gobierno de España ha aprobado un nuevo proceso de regularización. Lo hace mediante un decreto ley, lo que puede crear inseguridad jurídica y carecer de respaldo social. Me escandaliza que sea fruto de un pacto coyuntural por necesidades partidistas, en lugar de fruto de un consenso transversal.

A los que llegan de forma ilegal se les puede dar tres opciones: la deportación, el confinamiento o la legalización. Lo que no se puede es dejarlos a que se busquen la vida de modo ilegal, porque ello aumenta la inseguridad y la explotación.

Desde luego, hay que prestar atención a la inmigración de radicales yihadistas; basta uno solo para sembrar el terror. Y a las maras. Pero la inmensa mayoría de los inmigrantes no tienen nada que ver con estos dos problemas: buscan lo que todos nosotros, prosperar en un mundo mejor.

Necesitamos inmigración para compensar nuestro descenso de la natalidad, para sostener a una población cada vez más envejecida. Una de las principales quejas de casi todos los empresarios es la falta de personas para cubrir las vacantes actuales o de nueva creación. Hay que poner todos los medios para que la inmigración sea siguiendo procesos legales.

Para reducir la presión migratoria hay que establecer medidas disuasorias, pero no se puede poner puertas al agua. Lo que hay que hacer es generar riqueza en los países de origen. Ello requiere dotarlos de seguridad jurídica, de formación y de infraestructuras. A falta de ellas, lo más eficaz parece que es conceder microcréditos, especialmente a mujeres. Esta discriminación se basa en que suelen tener una mayor orientación familiar.

Soy el primer defensor de la necesidad de que defendamos nuestra identidad cultural. Cada vez conozco más adeptos de partidos defensores de la identidad nacional, radicalmente opuestos a la inmigración. Argumentan la defensa del Estado del bienestar, la carga que los inmigrantes suponen para los problemas de vivienda, sanidad y educación. Olvidan las raíces cristianas de nuestra sociedad. La Familia tuvo que emigrar a Egipto. Cristo dijo: «En esto reconocerán que sois mis discípulos: en el amor que os tengáis los unos a los otros» (Juan 13, 34-35). «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis» (Mateo 25,35).

Sería hipócrita no reconocer que en realidad tengo prevenciones ante la inmigración cercana. Pero ser voluntario de Cáritas (la segunda mayor ONG mundial, después de la Cruz Roja) me ha ayudado a acercarme a la realidad individual de los «sin papeles» y a recordar aquello de «tratad a los demás como queréis que ellos os traten» (Lucas 6,31).

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