El noble arte de complicar el que es sencillo
Existe en nuestro país una palabra mágica que aparece en programas electorales con la misma frecuencia con que se menciona la «digitalización»: simplificación administrativa. Una aspiración casi poética. Un ideal regulatorio que promete alivio, eficiencia y una relación amable entre ciudadano y administración. Un tipo de spa burocrático.
Mi esposa tiene la fortuna de poseer una segunda vivienda, que alquila dos semanas el año para cubrir parte de los gastos de mantenimiento.
La experiencia empezó con normalidad. Primero, el alta como vivienda turística. Perfectamente razonable. A continuación, el registro de viajeros a la policía. También comprensible: el orden público y aquellas cosas que tanto valoramos cuando no nos toca llenar formularios. Hasta aquí, incluso optimismo.
Pero la simplificación es un concepto dinámico, evolutivo. Para cada estancia hay que comunicar los datos a la policía y liquidar la tasa turística. Dos canales diferentes, dos procedimientos, dos recordatorios mentales y una creciente sensación de estar protagonizando un episodio piloto de *Black *Mirror: edición gestoría.
Y es en los formularios donde la simplificación logra su expresión más artística. Después de introducir el código postal —aquel invento que permite a una empresa de mensajería encontrar tu puerta sin preguntar al vecino— el sistema solicita amablemente indicar la provincia. No como sugerencia opcional, sino como ejercicio de introspección geográfica. La administración, prudente, evita asumir riesgos: nunca se sabe cuando un código postal puede despertar una crisis de identidad territorial.
Por supuesto, los ingresos se tienen que declarar al IRPF. Y aquí no hay ironía posible: Hacienda somos todos, especialmente cuando Hacienda nos recuerda que somos todos.
Cuando parecía que el ecosistema regulatorio había logrado su forma definitiva apareció una nueva obligación: obtener al registro de la propiedad el Número Único de Registro de Arrendamientos de corta duración. Un identificador que suena a combinación entre matrícula europea y contraseña del *router, pero que simboliza la modernidad del control ordenado.
Este año se establece un plazo de uno mas —febrero, mes corto y optimista— para comunicar las estancias del año anterior. Información que la administración ya posee gracias al registro policial y a la tasa turística, pero que necesita volver a recibir, probablemente para comprobar que el ciudadano mantiene la agilidad digital de los dedos.
No hacerlo implica la posible pérdida del número único, cosa que introduce un fascinante elemento de suspenso regulatorio: no se exactamente qué pasa después, pero la intuición sugiere que nunca incluye una carta de felicitación.
En este punto se descubre que la simplificación administrativa no consiste a reducir trámites, sino a distribuirlos estratégicamente entre diferentes calendarios para fomentar el ejercicio del contribuyente. La digitalización, por su parte, ha permitido que el proceso sea más eficiente: ahora es posible confundirse desde casa en cualquier hora del día.
Quizás la verdadera simplificación administrativa llegará el día que las diferentes administraciones compartan información entre ellas con el mismo entusiasmo con que comparten obligaciones con el ciudadano. Aquel momento en que declarar una cosa una sola vez sea suficiente y no el inicio de una saga documental.
Y si este ejemplo parece trivial —apenas dos semanas de actividad económica doméstica— basta de imaginar la versión ampliada en la vida real de cualquier empresario. Este breve episodio permite hacerse una idea de la magnitud de las cargas formales administrativas redundantes que acompañan la actividad económica productiva: obligaciones duplicadas, registros paralelos, comunicaciones reiteradas y la sospecha permanente que, si algo falla, la culpa será del formulario incorrecto y no del diseño del sistema.
Resulta paradójica que el empresario, esta figura tan fácilmente *denostada en el debate público y ocasionalmente utilizada como títere retórica por determinadas facciones políticas, acabe dedicando una parte creciente de su energía no a innovar, invertir o generar ocupación, sino a sobrevivir al laberinto regulatorio sin perder la contraseña, la paciencia o la cordura.
Porque quizás el verdadero indicador de resiliencia empresarial en nuestro tiempo no es la capacidad de competir al mercado, sino la de completar correctamente todos los trámites… y continuar teniendo ganas de emprender el día siguiente.



