EXTINCIÓN DE LA EMPRESA FAMILIAR (1/3/26 El Heraldo de Aragón)

Como consejero de familias empresarias, leo con frecuencia diagnósticos sobre el «relevo generacional», pero pocos tan crudos y necesarios como «herederos del ocio», de Paula Rengifo Martínez. Describe una especie en expansión: hijos de fundadores que han confundido el árbol genealógico con un contrato de gerencia, y que operan desde la distancia emocional de un co-working de lujo mientras el negocio familiar, ese que suda en el día a día, financia su estilo de vida.

El problema es una patología del éxito. Los fundadores, movidos por la escasez y la falta de un plan B, construyeron imperios con la intuición como brújula. Sin embargo, en el afán de proteger a su prole de las penurias, muchos han creado un entorno de «hiper-protección empresarial».

Las quejas son recurrentes y legítimas: herederos que firman con apellidos ilustres, pero no saben leer un balance, que priorizan el work-life balance antes de haber equilibrado siquiera una cuenta de resultados, y que ven la empresa no como un legado a potenciar, sino como un fondo vacacional. Esta «distancia del sofá» no es falta de inteligencia, sino un exceso de indulgencia que ha cercenado el músculo más importante del empresario: la capacidad de gestionar la frustración y la incertidumbre.

Ante este panorama, muchos entran en pánico, vaticinando el colapso del sistema. Pero aquí es donde, como consejero de familias empresarias, me permito discrepar del tono apocalíptico para adoptar uno evolucionista.

Las empresas familiares, al igual que los organismos biológicos y los imperios, están individualmente de paso. Si bien es cierto que estas organizaciones sostienen el 60% del empleo mundial y son el «sistema inmunológico» de nuestra economía, no gozan de un derecho divino a la permanencia. La historia económica es implacable.

Debemos entender que el espíritu emprendedor, esa chispa que Joseph Schumpeter denominó «destrucción creativa», ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Si una empresa familiar se apaga por la desidia de una segunda o tercera generación que decidió que el esfuerzo era opcional, el mercado no dejará un vacío por mucho tiempo. El hambre de un nuevo emprendedor, ese que hoy está en un garaje o en una oficina humilde con la misma «terquedad» que tuvo el abuelo del heredero actual, ocupará ese espacio.

La realidad del mercado es un ciclo de sustitución constante. Las familias deben entender que el apellido en la fachada no es un escudo contra la obsolescencia. Si la empresa se convierte en una estructura rígida, pesada y dedicada a mantener privilegios en lugar de crear valor, está condenada.

Lo que estamos presenciando no es necesariamente una crisis del modelo de empresa familiar, sino un proceso natural de ajuste frente a la ineficiencia. «Sucesores Cómodos SA» será inevitablemente sustituida por «Emprendedores Incómodos SL». Aquellos que tienen «hambre», que están dispuestos a estar incómodos y que ven en el mercado una oportunidad de conquista y no un derecho de herencia, son los que escribirán el siguiente capítulo de la economía. El problema no es la comodidad, sino la ausencia de reglas, exigencia y propósito compartido.

El verdadero y valioso legado de un empresario no es una cuenta bancaria ni un cargo en el consejo; es una mentalidad emprendedora. Como consejero de familias empresarias sé que mi labor no es solo ayudar a consensuar constituciones (protocolos) familiares o estructuras de gobierno, sino ayudar a la familia a mantener el espíritu emprendedor y de creación de riqueza.

La educación de los continuadores no debe ser un camino de pétalos de rosa. Formar a la siguiente generación es, paradójicamente, exponerla. Mandarlos a trabajar fuera, permitir que fallen bajo jefes que no lleven su apellido y dejar que sientan el rigor de la escasez es el mayor acto de amor empresarial que un predecesor debe ejercer.

No debemos sufrir por la economía global; ella se cuidará sola a través de la competencia. Las familias o países que se duerman serán sustituidos. Debemos preocuparnos, eso sí, por las familias que aman sus empresas, pero no forman adecuadamente en valores a los continuadores. La meritocracia no debe ser sólo un valor, sino el espíritu del sistema. El futuro no pertenece a quienes han recibido todo, sino a quienes, habiendo recibido herramientas, deciden levantarse cada mañana con la certeza de que el éxito no se hereda: se trabaja, se defiende y, sobre todo, se merece.

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