¿SE NACE O SE HACE? (30/9/25 Penedés econòmic)

El ADN no garantiza la transmisión de la capacidad ni de la voluntad empresarial, aunque tampoco lo impide. Es importante saber que el carácter del empresario no nace de la nada; en su construcción influyen cuestiones biológicas y ambientales. Se va forjando desde la infancia. Comprender ese proceso es clave para acompañar el desarrollo propio y el de la siguiente generación de la familia empresaria.

La teoría del desarrollo psicológico de Eric Erikson trata de explicar cómo cambiamos las personas a lo largo de la vida. Hay ocho etapas en las que nos enfrentamos en cada una de ellas, aunque sea de forma inconsciente, a una cuestión concreta cuya respuesta tiene consecuencias en las siguientes etapas. Nos ayuda a entender la muy alta importancia de las fases iniciales de la vida (preadolescentes) que se desarrollan principalmente en el entorno familiar, y cómo influyen en el carácter empresarial y emprendedor. La simiente se planta muy pronto y después es difícil que “el olmo de peras”.

En el primer año de vida debemos responder a la cuestión de si ¿podemos confiar en el mundo?, y en consecuencia desarrollamos confianza o desconfianza; lo que tendrá consecuencias en las relaciones con socios y empleados. Entre el año uno y tres descubrimos si podemos hacer cosas por nosotros mismos, generando autonomía o vergüenza, y en consecuencia autoconfianza para emprender o miedo al fracaso. De los tres a los seis la pregunta es si podemos iniciar actividades, lo que genera sentimiento de iniciativa o culpa, el primero da pie al liderazgo y a tomar riesgos. Entre los seis y los doce años nos planteamos si podemos tener éxito en lo que hacemos, y la respuesta es laboriosidad o inferioridad; la primera da pie a la ética del trabajo, a la productividad y orientación al logro. En la adolescencia, de los doce a los dieciocho, la cuestión es averiguar quiénes somos; se forma la identidad o se confunden los roles. Ello facilita tener una misión y visión personal sólidas o inseguras y contradictorias.

Entramos en la edad adulta, de los veinte a los cuarenta con el reto de descubrir si podemos amar y ser amados, lo que nos llevará a la intimidad (relaciones sanas) o al aislamiento. En el empresario se reflejará en la capacidad de trabajar en equipo o en la adicción al trabajo. De los cuarenta a los sesenta y cinco, la cuestión clave es ¿cuál es mi contribución al mundo? y la respuesta será generatividad o estancamiento. La primera es la base de la construcción de un legado, y se manifiesta en crear valor más allá del dinero y en planificar el relevo en la empresa familiar. Finalmente, a partir de los sesenta y cinco nos planteamos si nuestra vida ha tenido sentido, alcanzando la integridad o la desesperación.

Dicen los psicólogos que hay quien no supera una etapa y se queda anclado en ella, lo que condicionará, por ejemplo, el estilo de liderazgo o la forma de resolver los conflictos.

Conocer cómo se forma la personalidad ayuda a entender y mejorar la nuestra y facilitar la de los continuadores como líderes del futuro.

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