ABRIR EL MELON (Expansión 14/5/26)

Cuando inicio procesos de acompañamiento con familias empresarias, rara vez encuentro una posición única ante lo que está por venir. En una misma familia conviven el escepticismo y la ilusión, la implicación y la apatía, la confianza y la desconfianza. Todas ellas son posturas legítimas.

Sin embargo, hay un perfil que merece especial atención: el de los preocupados.

No se oponen al proceso, pero temen sus consecuencias. Su inquietud no es infundada. En muchos casos, lo que les preocupa es que determinadas conversaciones generen expectativas irreales, abran debates incómodos o cuestionen equilibrios que, aunque imperfectos, han funcionado hasta ahora.

Uno de los temores más habituales es que, al plantear cuestiones como el derecho de salida, algunos miembros de la familia “abran los ojos” y reconsideren su vinculación con el proyecto. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿es realmente deseable sostener una empresa sobre socios que no están plenamente comprometidos? Más que socios desinformados, lo que toda empresa necesita son socios convencidos y alineados.

Recuerdo el caso de una familia en segunda generación que evitó durante años abordar este tema. La situación inicial era de aparente estabilidad, pero con varios accionistas pasivos y desalineados. Cuando finalmente se abrió el debate, una rama decidió salir. El proceso fue tenso. A medio plazo supuso un freno en el plan de expansión de los socios implicados en la dirección. Pero la consecuencia fue una estructura accionarial más cohesionada y una empresa con mayor capacidad de decisión. Lo que durante años se percibía como un riesgo acabó siendo una condición para avanzar.

Otro miedo frecuente tiene que ver con la información. Compartir datos económicos o estratégicos puede dar lugar a interpretaciones erróneas —por ejemplo, confundir caja con beneficio— o a conclusiones precipitadas. Sin embargo, el problema no es informar, sino no formar. La transparencia exige acompañarse de pedagogía.

También genera inquietud la apertura de espacios de participación a cónyuges y nuevas generaciones. Aquí la clave está en establecer reglas claras: participar no es lo mismo que decidir. Escuchar no implica ceder el control.

En el fondo, todos estos temores apuntan a una misma cuestión: el miedo a que el proceso rompa una aparente paz familiar construida, muchas veces, sobre conversaciones aplazadas. Durante años pensé que preservar esa paz era un objetivo en sí mismo. Hoy creo firmemente que, si no se apoya en acuerdos explícitos y bien gobernados, es solo una tregua.

No abrir las conversaciones no elimina el riesgo. Simplemente lo desplaza en el tiempo.

Porque en la empresa familiar, los conflictos que no se abordan no desaparecen: se acumulan. Y cuando finalmente emergen —como inevitablemente ocurre— suelen hacerlo en el peor momento posible, cuando las circunstancias externas aprietan y el margen de maniobra es menor.

Y aquí es donde el rol del consejo —y de quienes acompañamos a las familias— cobra especial relevancia: no se trata solo de resolver conflictos, sino de decidir cuándo y cómo es mejor tenerlos.

Por eso, si el conflicto ha de llegar, es preferible que lo haga cuando la empresa está sólida, la familia tiene capacidad de diálogo y el proceso puede gestionarse en un entorno deliberado y estructurado.

Abrir el melón puede incomodar. Mantenerlo cerrado demasiado tiempo puede salir mucho más caro. La pregunta no es si conviene abrirlo, sino cuándo y en qué condiciones estamos dispuestos a hacerlo.

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