Evaluar a los continuadores: la pregunta incómoda
Una de las cuestiones que me plantean las familias empresarias es cómo evaluar a los posibles continuadores. La pregunta suele formularse en términos técnicos —qué pruebas hacer, qué criterios utilizar—, pero en mi experiencia el verdadero problema no está ahí. El problema es otro: si la familia está dispuesta a aceptar el resultado de esa evaluación.
Muchos propietarios desean que sus hijos continúen el proyecto empresarial. Es una aspiración legítima. Pero también es una de las decisiones más críticas que puede afrontar una empresa familiar. Porque dirigir una empresa no es un derecho hereditario. Es una responsabilidad que exige capacidades, experiencia y criterio.
He visto demasiados casos en los que el relevo se ha planteado como una cuestión familiar cuando, en realidad, es una decisión empresarial de primer nivel.
En este sentido, el sector del automóvil ofrece un ejemplo interesante. Empresas familiares como VW, Toyota o Ford trabajan con redes de concesionarios que, en muchos casos, son también empresas familiares. Cuando se produce un relevo generacional, el fabricante no da por hecho que el continuador esté preparado. Lo verifica.
Evalúa su capacidad de liderazgo, su comprensión del negocio, su criterio financiero, su orientación comercial y su capacidad para definir un plan estratégico. En muchos casos, el candidato debe enfrentarse a situaciones simuladas donde tiene que tomar decisiones complejas bajo presión.
No es una cuestión formal. Es una condición para poder asumir la responsabilidad. Este enfoque protege al fabricante, pero también al propio concesionario y a la familia empresaria. Introduce un elemento que muchas empresas familiares evitan: la evaluación objetiva. Porque evaluar a un hijo, a un sobrino o a un hermano no es fácil. Supone introducir criterios profesionales en un terreno donde predominan las expectativas emocionales.
Pero no hacerlo tiene un coste. Cuando el continuador no está preparado, la organización lo percibe. El equipo se resiente, la toma de decisiones se debilita y, con el tiempo, el problema deja de ser familiar para convertirse en empresarial. Por eso, evaluar no es un acto de desconfianza. Es una forma de responsabilidad.
Ahora bien, la evaluación por sí sola no resuelve el problema. Debe ir acompañada de preparación. Formación específica, experiencia fuera de la empresa, mentoring y exposición progresiva a responsabilidades reales.
No todos los continuadores tienen que ser directivos. Algunos aportarán más valor como propietarios o como miembros de órganos de gobierno. Entender esto a tiempo evita muchos errores.
En ausencia de un “fabricante” que imponga estándares, esta responsabilidad recae en el consejo de administración o en quien ejerza funciones de gobierno. Diseñar procesos de relevo estructurados no es un lujo. Es una necesidad.
Con el tiempo he llegado a una conclusión que incomoda a muchas familias: evaluar es relativamente fácil; lo difícil es actuar en consecuencia. Porque, llegado el momento, la pregunta clave no es cómo evaluar a los continuadores. Es mucho más exigente: ¿qué estamos dispuestos a hacer si el resultado de esa evaluación no es el que esperamos?



