The Economist y el astrólogo de la macroeconomía (Viaempresa 5/8/20)

Los romanos observaban el vuelo de los pájaros y las tripas de los animales sacrificados para adivinar el futuro. Hoy tenemos a los economistas, que dicen que explican muy bien el día de mañana porque hoy no ha sucedido lo que previeron ayer. Parafraseando a JK Galbraith podríamos decir que la función de los economistas es hacer de astrólogos respetables. Pero la realidad es que las empresas necesitan hacer escenarios del futuro para adecuar su estrategia para lograr sus objetivos, cuando no estos mismos. Un elemento esencial de cualquier escenario es el macroeconómico, Como soy de letras procuro informarme de la opinión de los que saben de economía. Así me encontré con un interesante artículo en The Economist del pasado 25/7 que decía así Volviendo a empezar y que trataré de resumir y analizar en la medida de lo posible.

La era keynesiana, iniciada el 1940, se resume en que el Estado tiene que intervenir para luchar contra las recesiones aumentando su déficit para asegurar que el máximo de personas que quieran pueden trabajar; y en las expansiones ya lo reducirán. En los años 70, la coexistencia de alta inflación y paro dio fuerza a Milton Friedman que decía que los estímulos eran inútiles si no se hace frente a las deficiencias estructurales.

En los años 80, el monetarismo hizo frente a la inflación reduciendo el suministro de dinero, aunque aumentara el paro. Se decía que una inflación baja y estable crearía bienestar a largo plazo. La independencia de los bancos central era necesaria, y la función de la política fiscal era mantener la deuda pública, bajar y redistribuir los ingresos.

En la gran recesión se bajaron los tipos de interés hasta prácticamente cero y se inyectó liquidez en el sistema, pero el crecimiento del PIB y la inflación fueron bajos contra toda lógica. Estos últimos años a escala mundial hemos estado en una situación similar en los 70, es decir inflación y paro coexistiendo en el mismo sentido, si bien en este caso bajos. También se observa un crecimiento del poder de las megacorporacions y una reducción de la movilidad social. Se necesita un sustituto de los tipos de interés para hacer frente a los ciclos económicos.

Y aparece la covid-19 que paraliza las cadenas de suministro, pero los precios no aumentan; porque la demanda y las previsiones de inflación, interés e inversión son bajas. El ahorro sube. Los trabajadores «de cuello blanco» pueden teletrabajar, y los esenciales tienen que asumir grandes riesgos de contagio con poco salario. Los enormes estímulos económicos han calmado los mercados, evitado el colapso de muchas empresas y comprado la paz social. Pero ahora hay que decidir cuál es la política macroeconómica de futuro. Hay tres escuelas.

Para la primera, mientras los bancos centrales puedan inyectar liquidez, comprando activos, serán capaces de aumentar el crecimiento económico y la inflación; y si no lo consiguen es porque no lo hacen con suficientes ganas. Pero comprar activos puede ser peligroso a la hora de sostener empresas que tendrían que cerrar. Mejor que los gobiernos gasten o rebajen impuestos, sostiene la segunda escuela. La función de los bancos centrales es mantener los intereses bajos hasta que el déficit se rebaje.

Para la tercera escuela, los tipos cero quitan fuerza a la política económica, y la deuda por aumento del gasto o disminución de impuestos deja una factura para nuestros descendentes; no existe el «dinero gratis». Los gobiernos recibirán presiones para hacer frente a las pensiones, sanidad, envejecimiento de la población, cambio climático y consecuencias de la pandemia. La mejor forma de estimular la economía no es creando deuda que tendrá que pagarse cuando los tipos de interés aumenten; sino poner el tipo de interés por debajo del menos tres por ciento (-3%) y trasladarlo a los mercados, empresas y ciudadanos. Para evitar que la gente guarde el dinero debajo del colchón se puede sustituir el dinero físico por el digital. Algunos dicen que esto no es suficiente, que además hacen falta reformas estructurales cómo: aumentar el poder declinado de los sindicatos, con el foco puesto en no generar paro en el proceso; sustituir las rentas exentas por ingreso básico universal; evitar la formación de monopolios (no se invierte sin competencia).

Todas estas escuelas competirán en el espacio político. Un riesgo es que los políticos se piensen que preocuparse por el déficit es de débiles, que la independencia de los bancos centrales no importa, y que las reformas se pueden aplazar.

El artículo acaba diciendo que «lo que está claro es que el antiguo paradigma económico parece cansado. De una forma u otro, el cambio está viniendo». VIA Empresa dispone de ilustres economistas colaboradores que seguro pueden corregir este resumen y responder de forma inteligible a la siguiente cuestión: «de qué forma viene el cambio de paradigma económico?»

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