MATAR AL PADRE (El Heraldo de Aragón 21/6/26)

«Matar al padre» es una miniserie española en la que el protagonista es un obsesivo del control. Está convencido de que sabe qué es lo mejor para sus hijos. Su afán protector, con el tiempo, se transforma en una forma de dominación asfixiante.

La metáfora de “matar al padre” (y a la madre) se utiliza en psicología para describir el proceso de individuación: la construcción de una identidad adulta separada de la figura parental. En realidad, el conflicto no es la ruptura, sino la emancipación.

En mi trabajo como consejero de familias empresarias observo que este es uno de los núcleos más delicados —y menos verbalizados— del relevo: no es un problema jurídico ni económico, sino profundamente psicológico. Que los hijos puedan convertirse en adultos sin dejar de ser hijos.

El predecesor es inevitablemente un punto de referencia para los continuadores. Para ellos mismos y para los que han trabajado con él. En la empresa familiar los cargos de los familiares suelen durar más que en las empresas no familiares, y por ello su impronta es más profunda. Especialmente en el caso de los fundadores.

En la empresa familiar, “matar al padre” no significa destruir el legado, sino ser capaz de construir el propio. He visto procesos de relevo donde el fundador interpreta la discrepancia como deslealtad, mientras que el sucesor vive la obediencia permanente como una forma de anulación. Cuando esto no se explicita, aparecen conflictos que parecen empresariales —estrategia, inversión, gobierno— pero que en realidad son emocionales. Y lo más complejo es que rara vez se reconocen como tales.

La paradoja que repito es que el mejor legado de un fundador no es tener hijos obedientes, sino sucesores capaces de pensar por sí mismos. Sin embargo, el fundador que ha construido la empresa desde cero suele tener una dificultad natural: distinguir entre controlar el negocio y controlar la narrativa del negocio… y, en ocasiones, también a las personas. He visto casos en los que el exceso de protección se convierte, sin quererlo, en una forma de bloqueo del talento de la siguiente generación.

El verdadero éxito de un relevo no se produce cuando el hijo ocupa el despacho del padre. Se produce cuando ambos aceptan, de forma explícita, que ya no ocupan el mismo rol psicológico. El predecesor debe evolucionar hacia dejar de ser imprescindible. El sucesor debe dejar de ser únicamente “el hijo de”. Mientras eso no ocurre, la empresa puede seguir funcionando, pero la familia empieza a tensarse por dentro. Y esa tensión, tarde o temprano, se traslada a la empresa.

En muchas familias empresarias aparece un fenómeno silencioso: sucesores técnicamente muy competentes que no terminan de desplegar su potencial. No por falta de capacidad, sino por exceso de sombra. La frase es conocida, y en la práctica es muy real: es difícil florecer a la sombra de un árbol frondoso.

Recientemente ha sido noticia en el caso de Andic unos mensajes de WhatsApp del hijo en los que se afirmaban expresiones como: “no me extraña que pensaras que era capaz de matarte” o “ahora entiendo que mi necesidad de alejarme de ti era porque no tenía la madurez de aprender de un padre con tanta personalidad”. Según la defensa, dichas expresiones habrían sido sacadas de contexto y enmarcadas en un proceso terapéutico, con un sentido metafórico de distanciamiento emocional.

Más allá del caso concreto, lo relevante —desde una lectura de empresa familiar— no es lo judicial, sino lo estructural: la intensidad del vínculo paterno-filial cuando está atravesado por poder, empresa y legado. Los fundadores de gran éxito, con personalidades muy marcadas que son una virtud en la construcción de la empresa, pueden convertirse en un obstáculo en la construcción del relevo.

Por eso, la familia empresaria debería atreverse a formularse preguntas incómodas: ¿Qué ocurre cuando el fundador no deja espacio real de decisión? ¿Qué ocurre cuando el hijo no se atreve a discrepar? ¿Dónde termina la protección y empieza la inhibición? ¿Por qué algunos sucesores fracasan incluso siendo muy competentes? ¿Y qué papel juega el sistema familiar en todo ello?

Porque la empresa puede estar preparada para el futuro… mientras la familia sigue atrapada en el pasado. Y quizá por eso, en la empresa familiar, “matar al padre” psicológicamente no es un acto de ruptura. Es, en el mejor de los casos, un acto de maduración.

En ocasiones el problema no es el predecesor, sino dinámicas familiares más amplias que también condicionan el relevo. El relevo no se resuelve cuando cambia el nombre en el organigrama, sino cuando la familia es capaz de redefinir el poder sin confundirlo con la autoridad afectiva.

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