Las familias empresarias procuran en general mantener un perfil bajo por lo que respecta a la familia, pero a medida que pasan las generaciones y aumenta el tamaño de la empresa su historia va viendo la luz; este es el caso de la familia Pont, propietarios del grupo Borges.
Antonio Pont i Pont en 1896 compro un negocio de almendra en Tàrrega (Lleida) que descascaraba a mano y vendía en grano. En 1914 adquirió una almazara y en los años 20 del siglo pasado se incorporaron sus hijos Josep y Ramón, para “fer gran la casa”. La madre forzó que estudiasen una carrera antes de incorporarse como era deseo del padre. Los hijos heredaron el negocio y las hijas las fincas.
Josep llevaba la parte comercial y administrativa. Tuvo tres hijos y dos hijas. Ramón llevaba la parte industrial. Tuvo un hijo y tres hijas. Los hermanos, socios al 50%, decidieron que la propiedad del negocio se repartiese al 25% entre los cuatro descendientes varones, y en la misma proporción las fincas entre las hijas.
El origen familiar agrícola en tierra de secano imbuyo los valores de trabajo y austeridad. Si hacían vacaciones era para viajes de negocios. El negocio era el tema habitual de la mesa y reuniones familiares. Todos los hijos estudiaron pensando en el negocio familiar.
Antonio Pont Amenos (1934), hijo de Josep, se fue a Reus en 1957 para impulsar las exportaciones con el encargo paterno de que “si espabilas y durante dos años no perdemos dinero continuaremos con el negocio”. Se aliaron con operadores locales.
En 1964 empiezan a comercializar con la marca Borges. En 1978 eran líderes en aceite en Cataluña y frutos secos en España e inician la internacionalización. En 2017 el grupo familiar inicia la cotización en el mercado continuo como BAIN (Borges Agricultural & Idustrial Nuts) de una de las empresas del grupo.
En la madrugad del 28 de marzo de 1996 se incendió la fábrica de Reus, como consecuencia de un susto que quisieron darles en la “guerra de la avellana” contra las importaciones turcas. Al día siguiente la familia realizo una rueda de prensa. “Aquella desgracia nos trajo la posibilidad de vivir una oportunidad histórica”. Tenían asegurada hasta la pérdida de beneficios y cobraron 12,5 millones de euros, desoyeron las ofertas para trasladarse fuera de Cataluña y negociaron con el ayuntamiento de Reus para mejorar las condiciones administrativas en la reconstrucción. Durante casi dos meses efectuaron un benchmarketig visitando las mejores fábricas de frutos secos del mundo. Todo ello también sirvió para externalizar la posición de consejero delegado y preparar la transición a la cuarta generación.
Inicialmente se pensaba que los catorce integrantes de la cuarta generación podrían trabajar en la empresa familiar, sin dependencia jerárquica con familiares y con retribución según mercado. Ocho se incorporaron, pero surgieron problemas entre ellos y en 2006 se tomó la decisión de que todos debían dejar la empresa, de forma tal que la familia se replegaría al gobierno. La decisión fue dramática, ya que algunos de ellos tenían un historial de éxito en la empresa. Estaba claro que a pesar de tener todos los mismos genes no todos salen de la misma manera.
“Puedes endeudarte más o menos, pero lo tienes que tener bien apuntado en la tesorería. Nunca puedes fallar en tus compromisos” es una de las máximas familiares, que tiene su origen en la de Josep de que “uno, incluso por egoísmo, tiene que ser honrado”. Otras son las de “treballar pel bé de casa”; que “a los competidores hay que tenerlos en un altar”, porque nos estimulan”; y que “a casa no te traen nada, hay que irlo a buscar fuera”.
De este breve resumen de la familia Pont podemos extraer algunas reflexiones y recomendaciones. Han sabido aprovechar la oportunidad de la internacionalización. El reparto de funciones en la segunda y tercera generación permite aprovechar al máximo el conocimiento y a dedicación, si bien tiene el riesgo de crear reinos de taifas y pérdida de visión estratégica. La formación de los continuadores antes de incorporarse al negocio es muy importante; así como la existencia de valores familiares compartidos, transmitidos mediante el ejemplo y la sobremesa familiar. La importancia de la resiliencia ante las adversidades que antes o después suceden en toda empresa y familia; y de la capacidad de aprender de los demás. A veces es necesario proteger a la empresa de la familia, evitando el riesgo de que la familia no quiera saber nada de la empresa. Los gestores externos pueden en ocasiones olvidar la prudencia financiera de las familias empresarias, aunque parece que este no es el caso.



