EL FUNDADOR (Indicador d’Economia 14//6/22)

El fundador de una empresa familiar suele ser un personaje irrepetible, de aquellos de los que rompen el molde cuando cuecen uno. Es fruto de una combinación de factores genéticos y vitales. Suele ser uno de los pilares de la continuidad de la empresa y un referente para las siguientes generaciones, si bien a medida que estas transcurren el recuerdo puede ir disminuyendo.

Suele ser un emprendedor, una persona de aquellas que tienen ojos para encontrar oportunidades donde los demás no ven nada especial. Y además tienen la determinación de aprovecharlas, determinación que puede llegar a ser obsesiva. En muchas ocasiones hace de hombre orquesta, y cuando delega lo hace de forma centralizada, reservándose la última palabra en todas las cuestiones clave. Suele reinvertir los beneficios, incluso una vez superada la travesía del desierto inicial, y seguir un estilo de vida relativamente austero teniendo en cuenta el que podría llevar.

Igual que el doctor Jekyll i míster Hyde puede tener una doble personalidad, puede llevar junto a la semilla de la creación la de la destrucción.

Su personalidad se ve reforzada por el éxito en los negocios, y se puede llegar a creer infalible; olvidando el consejo que el esclavo que llevaba la corona triunfal del Cesar le decía al oído “recuerda que eres humano”. Esto puede hacer que le pase como al griego Ícaro, que volando se acercó tanto al sol que acabo ahogado en el mar. Puede, por lo tanto, necesitar escuchar a su alrededor algunos “abogados del diablo” que hagan de contrapeso a los “sí señor” que le suelen rodear, y evitar así caer en la megalomanía de los que se creen superiores. La capacidad emprendedora no va acompañada siempre de la gestora de equipos. El fundador no siempre tiene la habilidad de reclutar y mantener el equipo que necesita el futuro de la empresa.

Puede llegar a creerse inmortal. Aun hay empresarios que mueren sin hacer testamento. Puede retrasar su retiro de la dirección o el gobierno de la empresa más allá de toda lógica y “morir con las botas puestas”, como Thomas Watson de IBM, que a los 82 murio llevando aún el negocio y en lucha constante con su hijo. Lo natural es que, al igual que los artistas, quieran continuar hasta el último día; que la acumulación de poder y los resultados eviten poner en duda su valía. Pero con la muerte de los artistas se acaba su obra, la del empresario familiar tiene vocación de continuidad en las siguientes generaciones. Seguro que quiere a sus descendientes, pero inconscientemente puede actuar como el dios griego Cronos, que devoraba a sus hijos para evitar que lo destronasen.

Su obsesión por la empresa puede perjudicar a su relación familiar, y olvidar sus papeles como pareja y progenitor. Puede intentar tratar a la familia comoi empresa, es decir de acuerdo con la meritocracia en lugar de regirse por el amor y el trato igualitario. Puede, pensando que es lo mejor, poner en competencia a sus descendientes en lo que se conoce como una “carrera de caballos”.

Para dar continuidad a su proyecto el fundador ha de ser intelgente, valiente y altruista. Inteligente para saber que es lo más adecuado. Valiente porque a lo mejor ha de tomar decisiones difíciles. Altruista para saber dar un paso al laso en el momento oportuno.

En muchos fundadores me encuentro con que no hay fecha prefijada para hacer un paso al lado y dejar paso a los continuadores. Les aconsejo que la fijen, para reducir incertidumbres, y les ayudo a planificar la formación, evaluación e incorporación de la siguiente generación en la dirección, gobierno o propiedad, según lo que sea más adecuado para cada caso concreto.

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