EL DEMONIO DE LA INCOMUNICACIÓN (Viaempresa 14/8/20)

Carles Aramburu es un empresario de éxito. Ha levantado su próspero negocio partiendo de nada con gran esfuerzo, sacrificio e inteligencia. Es un hombre duro, acostumbrado a vencer a quién se le pone por delante. Llega tarde a casa y cansado. Los fines de semana cuando no va en bicicleta es porque está en la fábrica. Las conversaciones familiares giran siempre alrededor de los veranos y actividades de sus hijos. Si se habla de la empresa es porque Carles explica, de propia iniciativa, algo de ella. El verano pasado el día que su hijo mayor, al volver de su primer día de trabajo en la nave, dijo durante la cena «en el almacén hace mucho calor, habría que poner ventiladores», Carles le contestó: «siempre ha hecho calor en verano, si no te gusta no hace falta que vuelvas a trabajar mañana, que te has creído!».
Carles está en el gremio porque se tiene que estar, pero no ha encontrado nadie que valga la pena escuchar. «Casi todos son hijos de papá que han heredado la empresa», dice. En cuanto a los consultores considera que «son vendedores de humo que no hacen más que poner palos en las ruedas; viajan en globo y te piden el reloj para decirte qué hora es». Hasta ahora todo le ha ido relativamente bien dentro de los negocios y no cree que en realidad tengan que cambiar mucho, «hay mucha moda pasajera cómo todo el lío del efecto 2000 en los ordenadores»
Esta breve historia nos presenta el cuarto de los pecados capitales de la familia empresaria, el más peligroso: la incomunicación. Consiste en mantenerse aislado de las otras personas, organizaciones y sistemas. Es una gran fuente de riesgos.
La familia empresaria, curiosamente, puede ser uno de los lugares dónde hay menos diálogo sincero. Puede haber un exceso de respeto a la autoridad. O puede haber miedo al conflicto, puesto que trasladar de un ámbito al otro con mucha facilidad. Las consecuencias de manifestar la opinión pueden ser mayores que en la familia no empresaria.
Relacionada con la incomunicación tenemos al demonio de la inflexibilidad. Consiste en mantenerse en el propio punto de vista y concepciones, sin ponerlos en entredicho. Consiste en hacer prevalecer la tradición sobre cualquier indicio de innovación. Consiste en no valorar otros puntos de vista ni alternativas.
La inflexibilidad puede ser debida a conducir con el retrovisor, es decir mirando el pasado. Se trata de afrontar el futuro con todo lo que ha dado éxito en el pasado, la forma tradicional de hacer las cosas. El entorno de un empresario con éxito puede fácilmente conducirle hasta la inflexibilidad. Las personas que lo rodean pueden acabar comportándose como la corte del rey desnudo.

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