¿EL ABUELO CREA Y EL NIETO CIERRA? (l’Informatiu de la construcció octubre 2021 nº118)

«El abuelo la crea, el hijo la mantiene, el nieto la cierra”, o “padre trabajador, hijo vividor, nieto mendigo”, son dichos que estamos acostumbrados a oír en relación con la empresa familiar. “Cuando el rio suena agua lleva” dice otro refrán; pero, por otro lado, “del dicho al hecho hay un gran trecho” sentencia otro. El empresario y banquero Manuel Girona denominaba “la comisión liquidadora” a sus nietos.

Bien, refranes aparte, ¿cuál es la realidad? Según un estudio del IESE 2005 sobre longevidad de las empresas de más de 50 millones de euros de facturación, parece que las familiares tienen una vida más longeva que las no familiares. En global la esperanza de vida de una empresa en España es de 12 años, el 4% llegan a centenarias.

La inmensa mayoría de las empresas son familiares, por lo tanto, es lógico que las mayoría de las que cierran sean familiares. Si el abuelo fundo la empresa con 30 años y estuvo al frente hasta los 70, y el hijo se hizo cargo desde los 50 a los 70, resulta que el nieto recibe un negocio con 60 años de antigüedad. Y los negocios, al igual que las personas tienen un ciclo de vida: nacen, crecen y maduran. Pero tienen la capacidad de reinventarse.

Una cuestión clave es si el nieto recibe un negocio con futuro o un regalo envenenado. ¿Recibe un negocio que mira al futuro que vive del pasado? ¿Se ha analizado antes de traspasarlo si lo mejor es continuar, vender o cerrar? ¿Tienen los continuadores las capacidades necesraias para hacer frente a los retos del futuro? ¿Tienen la voluntad realmente libre de continuar?

¿Se han creado las estructuras y sistemas adecuados al futuro en cuanto a retos y liderazgo? ¿Se han hecho las podas en la propiedad en caso de ser necesarias? ¿Se ha acordado entre los continuadores los motivos para continuar juntos como familia empresaria?

La cuestión clave puede no ser tanto si el negocio continúa como si la familia continúa siendo empresaria. A lo mejor lo que conviene es vender o cerrar el negocio para crear uno nuevo. El grado de disrupción que hay en muchos sectores (se dice que cada negocio tiene una bala digital con su nombre) es muy elevado.

Si el nieto ha perdido el espíritu de sacrificio del fundador, el emprendimiento que le caracterizaba; si ha pasado a viajar en business en lugar de en turista, a lo mejor se merece la culpa del cierre. Si no tenía las capacidades y voluntad necesarias la culpa corresponde al antecesor. En cualquier otro caso la culpa puede ser de las circunstancias; todos estamos de paso y las empresas también.

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