El ADN no garantiza la transmisión de la capacidad ni de la voluntad empresarial, aunque tampoco lo impide. Es importante saber que el carácter del empresario no nace de la nada; en su construcción influyen cuestiones biológicas y ambientales. Se va forjando desde la infancia. Comprender ese proceso es clave para acompañar el desarrollo propio y el de la siguiente generación de la familia empresaria.
La teoría del desarrollo psicológico de Eric Erikson trata de explicar cómo cambiamos las personas a lo largo de la vida. Hay ocho etapas en las que nos enfrentamos en cada una de ellas, aunque sea de forma inconsciente, a una cuestión concreta cuya respuesta tiene consecuencias en las siguientes etapas. Nos ayuda a entender la muy alta importancia de las fases iniciales de la vida (preadolescentes) que se desarrollan principalmente en el entorno familiar, y cómo influyen en el carácter empresarial y emprendedor. La simiente se planta muy pronto y después es difícil que “el olmo de peras”.
En el primer año de vida debemos responder a la cuestión de si ¿podemos confiar en el mundo?, y en consecuencia desarrollamos confianza o desconfianza; lo que tendrá consecuencias en las relaciones con socios y empleados. Entre el año uno y tres descubrimos si podemos hacer cosas por nosotros mismos, generando autonomía o vergüenza, y en consecuencia autoconfianza para emprender o miedo al fracaso. De los tres a los seis la pregunta es si podemos iniciar actividades, lo que genera sentimiento de iniciativa o culpa, el primero da pie al liderazgo y a tomar riesgos. Entre los seis y los doce años nos planteamos si podemos tener éxito en lo que hacemos, y la respuesta es laboriosidad o inferioridad; la primera da pie a la ética del trabajo, a la productividad y orientación al logro. En la adolescencia, de los doce a los dieciocho, la cuestión es averiguar quiénes somos; se forma la identidad o se confunden los roles. Ello facilita tener una misión y visión personal sólidas o inseguras y contradictorias.
Entramos en la edad adulta, de los veinte a los cuarenta con el reto de descubrir si podemos amar y ser amados, lo que nos llevará a la intimidad (relaciones sanas) o al aislamiento. En el empresario se reflejará en la capacidad de trabajar en equipo o en la adicción al trabajo. De los cuarenta a los sesenta y cinco, la cuestión clave es ¿cuál es mi contribución al mundo? y la respuesta será generatividad o estancamiento. La primera es la base de la construcción de un legado, y se manifiesta en crear valor más allá del dinero y en planificar el relevo en la empresa familiar. Finalmente, a partir de los sesenta y cinco nos planteamos si nuestra vida ha tenido sentido, alcanzando la integridad o la desesperación.
Dicen los psicólogos que hay quien no supera una etapa y se queda anclado en ella, lo que condicionará, por ejemplo, el estilo de liderazgo o la forma de resolver los conflictos.
Conocer cómo se forma la personalidad ayuda a entender y mejorar la nuestra y facilitar la de los continuadores como líderes del futuro.



