Cada verano, en muchas familias empresarias surge la misma pregunta: ¿deben trabajar los hijos durante las vacaciones escolares? Detrás de una decisión aparentemente sencilla se esconde una magnífica oportunidad educativa. Como ocurre tantas veces en la empresa familiar, no existe una única respuesta. Para gustos, los colores.
He comprobado que pequeñas decisiones como esta terminan influyendo, años después, en la forma en que la siguiente generación entiende el trabajo, la propiedad y el compromiso con el proyecto familiar.
He encontrado familias que consideran que el verano debe dedicarse íntegramente a descansar después del curso escolar. Otras utilizan el trabajo como un castigo. Mi experiencia me dice que cuando el trabajo se utiliza como castigo, el mensaje que recibe el joven es que trabajar constituye una penalización y no un privilegio. La mayoría de las familias empresarias entienden que trabajar unas semanas durante las vacaciones tiene un importante valor formativo: «hay que saber lo que cuesta ganar un euro».
La primera cuestión que suele plantearse es si ese trabajo de verano debe realizarse en la empresa familiar o fuera de ella. Siempre que sea posible, mi recomendación es que la primera experiencia laboral sea fuera. Conviene curtirse en un entorno no protegido, aprender a responder ante un jefe que no sea un familiar y demostrar el propio valor sin llevar la etiqueta de «hijo del jefe». Es lo que hice con mis hijos. Casi siempre una familia empresaria conoce a otra que puede ofrecer un trabajo durante unas semanas. Incluso puede valer la pena asumir parte del coste si ello facilita una buena experiencia de aprendizaje. He visto casos en los que la primera experiencia profesional dentro de la empresa familiar ha generado comparaciones, etiquetas o expectativas difíciles de corregir posteriormente.
La siguiente cuestión es el puesto de trabajo. No es lo mismo archivar documentos en una oficina con aire acondicionado que recoger patatas a pleno sol. No se trata de buscar el trabajo más duro, sino aquel que permita desarrollar hábitos de responsabilidad, esfuerzo, puntualidad, compromiso y trato con otras personas.
Si el trabajo se realiza en la empresa familiar, conviene evitar que el joven dependa directamente de un familiar. De este modo se reducen los favoritismos, la autoridad del responsable resulta más natural y la evaluación del desempeño es más objetiva. En las familias empresarias que mejor gestionan la continuidad, la exigencia hacia los familiares suele ser mayor, no menor, que hacia el resto de la organización.
La retribución debe ser la correspondiente a la edad y al puesto desempeñado. En alguna ocasión he visto que, por la puerta de atrás y de forma coordinada, el cónyuge no propietario completaba la remuneración. Es una solución que puede tener sentido si se pretende apoyar económicamente al hijo sin desvirtuar el valor educativo del trabajo.
Conviene distinguir dos objetivos diferentes. Uno es el trabajo de verano como experiencia formativa de la persona y como oportunidad para obtener unos ingresos propios. Otro, muy distinto, es el trabajo de verano como parte del proceso de formación de un futuro propietario responsable. Confundir ambos objetivos es uno de los errores que observo con frecuencia.
Los futuros continuadores es conveniente que conozcan la empresa desde dentro. No para ocupar un puesto de trabajo antes de tiempo, sino para comprender cómo funciona el negocio, valorar el esfuerzo de quienes trabajan en él, sentirse progresivamente vinculados al proyecto familiar y poder decidir, con mayor conocimiento, si algún día desean incorporarse profesionalmente.
En la formación como futuros propietarios responsables las estancias de verano no deben improvisarse. Conviene planificar una ruta de aprendizaje, definiendo los objetivos de cada verano y los departamentos o funciones por los que irá pasando el joven. Cuando acompaño a familias empresarias suelo recomendar que este itinerario forme parte del plan de desarrollo de la siguiente generación y sea revisado periódicamente. El peor planteamiento consiste en utilizarlo como un comodín para cubrir necesidades puntuales, sin objetivos ni seguimiento. En ese caso deja de ser una experiencia formativa para convertirse simplemente en mano de obra familiar.
En definitiva, el trabajo de verano puede ser mucho más que una forma de ocupar las vacaciones o de ganar un dinero extra. Bien planificado, constituye una excelente herramienta para formar personas y futuros propietarios responsables. Como tantas otras cuestiones relacionadas con la continuidad de la empresa familiar, merece ser pensada con anticipación y formar parte de las responsabilidades del consejo de familia.
Recuerdo una familia empresaria en la que los padres debatían dónde debía trabajar el hijo, cuando la verdadera conversación era otra: qué tipo de propietario querían formar. Cambiar la pregunta cambió completamente la decisión. Porque la continuidad de una empresa familiar no empieza el día en que se nombra al nuevo director general. Empieza muchos años antes, con pequeñas decisiones educativas que parecen intrascendentes y que, sin embargo, acaban moldeando la cultura de la familia propietaria.



