EL PADRE LA CREA, EL HIJO LA MANTIENE, EL NIETO LA CIERRA (Expansión 11/3/19)

“El padre la crea, el hijo la mantiene, el nieto la cierra” o “padre trabajador, hijo vividor, nieto mendigo”, Estos son dichos populares en relación a las empresas familiares sobre las cuales casi siempre me preguntan en las conferencias y entrevistas. Si bien es cierto que “cuando el  río suena agua lleva”, no es menos cierto que a menudo “del dicho al hecho hay un buen trecho”.
Como cuestión previa convendría tener presente una serie de datos. La vida media de una empresa es de 12 años, y el 4% de las empresas familiares son centenarias. Las empresas familiares tienen una vida media superior a las no familiares.
Si tenemos en cuenta que el padre inicio el negocio a la edad de 30 años, y lo dirigió hasta los 70; y a esto le sumamos 25 años de liderazgo del hijo, resulta que el nieto se ha de hacer cargo de un negocio con 65 años de antigüedad. ¿Recibirá un negocio que está mirando al futuro? ¿O un negocio que vive del pasado?
Conviene recordar que los mercados y los negocios, como las personas, tienen un ciclo de vida: nacen, crecen, maduran y pasan a mejor vida. Las empresas se pueden reinventar y alargar su vida; pueden hacerlo cambiando el mercado o re-definiéndolo. Hace cien años los cambios en el mercado eran pocos y lentos; hoy son muchos y rápidos.
Además el ADN no garantiza la herencia de la capacidad ni de la voluntad empresarial. El negocio empezó por la voluntad emprendedora de alguien, si se pierde este espíritu es muy difícil afrontar con éxito la regeneración estratégica que será necesaria en algún momento del futuro para garantizar la continuidad de la empresa familiar.
Por otro lado, hay que diferenciar entre casualidad y casualidad en el hecho de que la empresa desaparezca en la tercera generación. Hablamos de causalidad cuando se puede asignar a la actuación de esta tercera generación la “culpa”, aunque sea por omisión, de la desaparición de la empresa.
Ha de prestarse atención a la responsabilidad de los predecesores a la hora de ceder la empresa a los continuadores. ¿Supieron escoger un sucesor capacitado? ¿Supieron formarlo? ¿Hubo una incorporación voluntaria? ¿Traspasaron un negocio con futuro o un regalo envenenado? ¿Crearon las estructuras para que el negocio y la familia funcionen? ¿Formaron propietarios profesionales y responsables? ¿Transmitieron a la siguiente generación los valores adecuados?
A veces la culpa es de la tercera generación, del nieto “rico y burro” que ha pasado a viajar en jet privado en lugar de turista como haría el fundador. Pero en ocasiones la culpa es de los predecesores. “Que cada palo aguante su vela”

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