El demonio de la confusión (Viaempresa 31/7/20)

En Pere Garcia e Hijos SL están muy claras las normas: se abre una tienda para cada familiar que quiere trabajar en el negocio; y si quiere, puede incorporar como empleado de la misma a su pareja. Todos cobran el mismo salario, en función del número de hijos menores de edad que tienen. Los vendedores tienen comisión, pero los familiares no, puesto que cobran los beneficios que cada año reparte el patriarca entre todos sus descendentes mayores de edad, en un sobre cerrado. Si alguien necesita más dinero, se lo pide al padre, quien da la orden al contable para que le transfiera por anticipado de la herencia. Pere, a sus 87 años, está físicamente bien y se siente en plena forma. Continúa siendo quién tiene la última palabra en las decisiones estratégicas del negocio que ha levantado. Tiene claro que tiene que ir con mucha cura a la hora de introducir cambios en un reloj que hace años que da la hora. «Todo pasa, la esencia del negocio es comprar bien, atender con simpatía y vender con beneficio», respondió a su nieta mayor cuando esta le dijo «abuelo, mis amigas cada día compran más por internet». Lo que preocupa a Pere es que la familia continúe unida, que no pase como tantas que ha visto discutirse en la notaría al abrir el testamento. «El negocio es lo que tiene que mantener a la familia unida» piensa, por eso ha dispuesto que la dirección de la empresa quede reservada para una persona que lleve su apellido.

Esta breve historia nos presenta al segundo de los pecados capitales de la familia empresaria: la confusión. El demonio de la confusión puede adoptar muchas formas: confusión de familia y de empresa, de propiedad y capacidad, de retribuciones del trabajo y capital, de caja de la empresa y de la familia, de órganos de gobierno.

Familia y empresa son dos realidades muy diferentes; la primera busca la felicidad de sus integrantes, y se rige por el amor; la segunda la riqueza y la meritocracia. Tratar la empresa como familia y la familia como empresa es uno de los peores pecados en los que se puede caer. Como criterio general vale la pena seguir aquello de que a la larga lo que es bueno para la empresa es bueno para la familia.

Hay quién cree que por el simple hecho de ser accionista tiene derecho y está capacidatado para la dirección o el gobierno de la empresa. Es cómo si el accionista de una compañía aérea pensara que por el simple hecho de serlo tiene derecho y está capacitado para pilotar los aviones o dirigir el tráfico aéreo.

Una de las tentaciones de la familia empresaria es confundir retribución del trabajo y del capital. Puede darse el caso de retribuir de forma insuficiente al trabajo con la excusa de que ya se retribuye vía capital o se hará vía propiedad. O no retribuir el capital porque ya se hace vía trabajo, lo que puede ser especialmente conflictivo cuando no todos los propietarios trabajan en la empresa. Las retribuciones de trabajo y capital tienen que estar en linia con el mercado y los resultados.

Hay quién cree que la empresa es la cuenta corriente de la familia. Por ley, la empresa sólo puede asumir los gastos necesarios para el negocio.

La confusión de órganos consiste en que los de gobierno familiar y empresarial actúen con funciones equivocadas, o extralimitándose en las que tienen. También puede consistir en los órganos de propiedad, gobierno y dirección empresarial.

 

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