CAMARASA FRUITS-I (VIAempresa 13/1/22)

Sacrificio y «juntos, pero no revueltos»

Esta historia nace en Santa Linya , un pequeño pueblo (24 habitantes) de la Noguera (Lleida), absorbido por el municipio de Les Avellanes, en el que nacieron Ramon Taribó (1920) y Maria Camarasa (1930). Se fueron a vivir a Vielha (Vall d’Aran) donde Ramon trabajaba en la central hidroeléctrica de Cledes, propiedad de la Sociedad Productora de Fuerzas Motrices (1917), más conocida a la zona cómo La Productora, que se incorporó (1941) a la Barcelona Traction, antes de que esta quebrara (1948) y fuera adquirida por FECSA (1952).

En Vielha nacieron los dos primero hijos, Jordi (1953) y Marisa (1958). Tuvo una pleura y los médicos le dijeron que dejase el inhóspito clima del Pirineu (tenía que ir con una pala a trabajar para hacerse el camino). Un hermano suyo tenía una bodega y depósito de hielo en Barcelona y le encontró cerca un local, en la calle Vallmajor, en el que el 1959 abrieron una tienda de legumbres cocidas. Igual que muchos inmigrantes en la actualidad, la familia vivía en la trastienda. Los hijos se fueron al pueblo con la abuela hasta que el matrimonio estabilizó el negocio. En Barcelona nació el tercer hijo, Xavier (1964). En 1967 muere Ramon, y el heredero, con catorce años, deja los estudios para ayudar a la madre.

Debe decirse que Maria era una mujer con carácter, por eso el negocio llevaba su nombre; y es que ni la genética ni la biología impiden que el emprendimiento sea femenino. Al quedar viuda se sacó el carné de conducir en una semana, y el primer día yendo a buscar producto pasó dos partes a la compañía de seguros, pero llegó con la mercancía. Además hacía de costurera para el convento de curas que había a la calle Modolell. Jordi se emociona cuando habla de los principios del negocio. Dice que la relación, más que maternofilial, fue de compañeros de trabajo. Traspasó el 2019, después de pasar los últimos 15 años en el pueblo natal. Siempre le decía «hijo mío, sal adelante, sal adelante, que no hay ningún pobre que se arruine».

Jordi conoció a Núria (1960) cuando esta todavía iba a la escuela, y le decía que si suspendía dejarían de festejar. Se casaron en 1979, motivo por el cual abrieron la segunda tienda, muy próxima a la original (que se había convertido en un colmado) y destinada a quesos; puesto que eran unos grandes amantes de los mismos y solo había un establecimiento especializado en Barcelona. El local era de un cliente, hecho que se repetiría a las dos siguientes aperturas. Con razón Jordi dice que «un cliente satisfecho es el mejor retorno».

Núria quería estudiar magisterio. Jordi tenía contactos a Blanquerna y la dirigió, pidiéndolos sottovoce que no lo cogieran. No quería dedicarse a la tienda, pero cuando se casaron se incorporó a la quesería siguiendo el consejo de la madre de un amigo que le dijo que «la caja no es la misma si está el ojo del amo». Posteriormente, se incorpora Marisa, la hermana de Jordi, al casarse.

En 1982, al volver de la negociación fallada para una nueva apertura, Jordi vio un local en venta que resultó ser, otra vez, de una clienta; que le dijo que aceptaría la propuesta que le hiciera. Al cabo de una semana recibió una oferta de recompra sensiblemente superior, que rechazó porque ya estaba «embarrancado» para montar la primera frutería.

En 1986, cuando se incorporó en Xavier, decidieron que «juntos, pero no revueltos»: cada uno una tienda propia para evitar que las posibles fricciones rompieran la relación familiar. Y es que hay veces en que lo más sensato es la poda de propietarios o separación de negocios. Continuar juntos es una opción, no una obligación. Hicieron el reparto por consenso y sin valoraciones. Comparten marca y se ayudan siempre que es necesario, pero «cada uno en su casa y Dios en la de todos».

Jordi y Núria han vuelto a vivir en el pueblo. A pesar de que ella es urbanita, es la que mejor ha arraigado. Echan una mano puntual y en las puntas de trabajo al negocio. Dan respuesta a la pregunta de ¿que haré si me jubilo? con la pequeña explotación agraria que tienen.

Son una familia que se ha convertido en una empresa, basada en la ilusión y el crecimiento más que en motivos económicos. Dicen que sus valores son «sacrificio, calidad y servicio». Siete puntos de venta de alimentación en Barcelona, con cincuenta y siete colaboradores (cuando contrataron a la primera persona para «llevar los papeles» el padre «puso el grito en el cielo») y una facturación de 5 millones de euros. Con la nueva apertura en la esquina de Francesc Macià (Montaña – Besòs), en la que potenciarán los elaborados, casi doblarán plantilla y tienen previsto aumentar la facturación el primer año más de un 40%. El siguiente paso – ya iniciado – es potenciar el sitio web hasta llegar a los 15 millones de euros de ventas totales. Si hay nuevas aperturas físicas quizás son grandes tiendas en Londres, Madrid y París, El modelo de negocio como «lujo alimentario» (calidad y servicio) limita el crecimiento repetitivo.

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