El mundo está en plena partida, pero cada potencia juega a un juego distinto, con sus propias reglas. El tablero es el planeta; las fichas, nosotros. Y el resultado……
Rusia juega al ajedrez. Vladimir Putin mueve piezas con la frialdad y soberbia de un zar. Calcula, mide, amenaza, y si hace falta, sacrifica peones. Él no juega: conquista. No siempre distingue entre un movimiento brillante y una masacre innecesaria.Su estrategia es tan previsible como temible: paciencia, frialdad y cero empatía. En su tablero no hay grises, solo blanco, negro y sangre.
Estados Unidos juega al póker. Donald Trump ha vuelto al casino con su confianza de tahúr de reality show. No importa si sus cartas son malas: lo relevante es gritar más que los demás. Vive del farol, del espectáculo y del “yo gano porque lo digo yo”. Transforma cada derrota en una “fake news”. En su partida, el que duda pierde, y el que no lo aplaude… también. Es una sucesión de manos rápidas, de alianzas temporales y de una confianza casi ciega en que la suerte —o la Reserva Federal— siempre estará de su lado. La estrategia es sencilla: aparentar seguridad, aunque el mazo esté ardiendo. Y si alguien no sigue las reglas… se cambia de mesa. Su baraja está llena de ases… dibujados a rotulador. El resto del mundo observa entre la risa y el miedo, porque con Trump, nunca se sabe si está apostando o incendiando la mesa.
China juega al go. Xi Jinping no levanta la voz ni hace ruido. Coloca una piedra aquí, otra allá, y cuando los demás levantan la vista, ya están rodeados. No conquista, expande. No amenaza: asfixia con paciencia. Mientras las democracias cambian de líder cada cuatro años, él planifica para cincuenta. Su poder es silencioso, metódico, inevitable. Si el mundo es un tablero, China ya ha trazado la partida hasta el último movimiento.
Europa juega al tute. Ursula von der Layen reparte las cartas con una sonrisa forzada mientras cada socio mira al compañero con desconfianza y se queja del reparto. Se pasan la mano discutiendo quién canta las cuarenta. Parece una sobremesa eterna: muchas reglas, poco juego. Entre tanta reunión, tanto tratado y tanto “consenso”, se les olvida que el resto del mundo ya está en otra partida. Europa parece más preocupada por la normativa del juego que por ganar la partida.
España juega al solitario. Pedro Sánchez baraja y reparte a su gusto, se mira al espejo y se felicita por la jugada. Siempre gana, porque siempre se redefine la victoria. Habla de resiliencia mientras ordena las cartas para que la historia encaje. A veces cambia las reglas, otras cambia las cartas… pero nunca la sonrisa para foto de Instagram. Es el único jugador que puede convertir un empate en “una victoria histórica”. España se entretiene consigo misma. Mira de reojo a la mesa de los mayores, pero sigue enfrascada en sus propias disputas.
Y Catalunya… juega a la oca. De oca en oca y tiro porque me toca. Avanza y retrocede, pasa por la cárcel y vuelve a empezar. Salvador Illa ha heredado el tablero lleno de trampas, puentes rotos y ocas cansadas. Cada tirada es un “nuevo comienzo”, cada casilla, una negociación imposible. Avanza dos, retrocede tres. Mientras tanto, todos discuten si la meta es la independencia, la convivencia o simplemente seguir tirando el dado sin que nadie cambie el tablero. Cada tirada es un referéndum emocional, cada casilla un nuevo pacto o desencuentro. Pero eso sí: ¡la partida sigue!
En resumen: Putin quiere el jaque mate, Trump el farol definitivo, Xi la red completa, Ursula que no se le caigan las cartas, Sánchez una foto con buena luz, e Illa que le dejen terminar al menos una vuelta. Y mientras tanto, el mundo arde, el reloj avanza.



